Mateo, un hombre de mediana edad con ojos verdes, como esmeraldas bañadas por una tenue luz de invierno, que a menudo parecían reflejar serenidad y alegría superficial, pero si mirabas más de cerca, descubrirías una profunda melancolía, como si estuviera en un punto de quiebre en su vida.
La mirada perdida de Mateo, reflejaba un tumulto interior que apenas se insinuaba en su rostro sereno; sus pensamientos; como las hojas que danzaban en el viento, buscaban claridad en medio del caos que lo envolvía, un laberinto de emociones donde el amor y el dolor tejían su telaraña en lo más profundo de su alma.
Era un viernes, previo al feriado de carnaval en febrero y tras un día de trabajo agotador, una chispa de aventura se encendió en su espíritu; al sentirse impulsado por esa motivación inesperada, tomó la decisión de subirse a su vehículo. escapar de la rutina y manejar sin rumbo fijo hacia las afueras de la ciudad.
Conduciendo por caminos sinuosos a través de la campiña, se encontró rodeado de paisajes cambiantes; no solo los disfrutó visualmente, sino, que sintió cómo su espíritu convulso, encontraba poco a poco un inusual sosiego, mientras observaba el cielo teñirse de tonalidades doradas típicas de un atardecer soleado.
Finalmente, al detener su vehículo a un costado del camino y sumergirse en la quietud de la escena, descendió del carro, permitiendo que la tranquilidad del entorno lo inundara por completo, sintiendo en ese instante, una paz que hace mucho tiempo no experimentaba.
Cuál si fuera un lienzo pintado por el pincel del Creador, el horizonte le mostraba la dualidad del mundo: por un lado, la exuberancia de la naturaleza, embellecida con su verdor y el arco iris multicolor de las flores; al mismo tiempo, que se fusionaba con la serpenteante y fría carretera de concreto que parecía no tener final.
Esa ambigüedad, le trajo a su mente un ejemplo parecido: El día y la noche danzando en un eterno equilibrio, el yin yang de la vida.
Estos eran conocimientos que él sabía y qué juntos, representan la paradoja de todas las cosas y cómo estas fuerzas interactúan complementándose entre sí; pero en ese momento, estas contradicciones no tenían mayor significado en su vida.
Aunque parecía calmado, su corazón latía agitado; mientras, las preocupaciones y frustraciones volvían a aflorar en su mente, sus pensamientos no le ofrecían una salida clara ni una respuesta definitiva para aliviar el sentimiento de incertidumbre que lo agobiaba, dejándolo en un laberinto emocional sin salida aparente
Se animó a iniciar un recorrido por el prado, sintiéndose como el héroe de su libro favorito: La Odisea, un moderno Ulises, en busca de su Ítaca y con este pensamiento en su cabeza, empezó a caminar aventurándose más allá de los límites de los linderos del camino.
Algo inseguro continuó caminando por los senderos de la pradera envuelto en una nube de pensamientos llenos de nostalgia; cada paso que daba parecía ser una interrogante sin respuesta; se encontraba en una búsqueda constante de sentido a su vida, en un mundo marcado por la duda, los miedos y los desafíos.
Sentía que estaba atrapado en un laberinto de problemas interminables; sin embargo, trataba de hallar con desesperación una salida, que aclare su situación y permita encaminarse hacia sus anheladas realizaciones.
A medida que avanzaba por el campo, muchas preguntas llenaban su cabeza; entre ellas se cuestionaba:
«¿Cómo había llegado a este punto crucial en su vida, donde la realización y el logro de sus sueños parecían tan esquivos?»
«¿Qué había pasado con aquellos sueños, que solían encender su espíritu juvenil, con pasión y determinación?»
«¿Dónde se han quedado extraviados en el diario caminar, sus anhelos más fervientes y las promesas hechas a sí mismo y a su esposa, de una vida feliz, fructífera y de éxito?»
La naturaleza, con su susurro tranquilo, parecía comunicarle respuestas directas; cada brisa y cada hoja que danzaban al compás del viento, llevaban consigo un mensaje claro de esperanza y renovación; aunque, por momentos le resultara difícil interpretarlo.
Sabía en su fuero interno, que las respuestas estaban allí, algo dentro sí le decía: que el mismo conocía las respuestas; pero, por más que se esforzaba no las veía, aún no lograba descifrarlas
De igual manera, los árboles ante sus ojos le contaban su historia: diciéndole, que ellos han soportado vientos huracanados y no obstante los embates recibidos, se han mantenido firmes y florecientes; recordándole este mensaje, que todavía hay un camino hacia la realización de sus anhelos; aunque ahora sus sueños le parezcan tan distantes.
Sin embargo, pensamientos fugaces lo llevaron a reflexionar y comparar su situación actual con desafíos pasados en su vida.
«¿Podría hallar la clave de su propia transformación en medio de la serenidad de este entorno?»
«¿Será hora de mudarse a otra ciudad o país, mirando más allá de sus lugares conocidos hacia nuevos y desconocidos horizontes y conseguir al tomar esta decisión nuevas oportunidades y desafíos?»
Estos pensamientos hacían, que en forma reiterativa surja nuevamente en él, nostalgia, al recordar sus triunfos pasados, los cuales eran en esos momentos, como destellos de luz en la oscuridad de su memoria y lo llevaban a meditar sobre el camino que había recorrido; cada victoria obtenida en el pasado le recordaba, que pese a las circunstancias siempre había logrado obtener ideas que le generaron resultados favorables a sus problemas y desafíos.
«¿Qué lecciones podía extraer de esas victorias fugaces y esas derrotas amargas de su pasado?»
«¿Cómo podía emplear esas experiencias para construir un futuro más prometedor y satisfactorio para él y su familia?»
Después de unos minutos deambular sin rumbo, sus ojos fueron irresistiblemente atraídos por un paisaje asombroso que se desplegaba ante él: árboles frutales alineados en parcelas perfectamente definidas llenaban el aire con una embriagadora mezcla de múltiples olores.
El dulce aroma del mango se mezclaba con la frescura de la piña, mientras la pitahaya, la papaya, la granadilla, el maracuyá y el tomate de árbol, aportaban, olores exóticos y deliciosos.
En cada bocanada de aire, su olfato lo deleitaba y sentía cómo su conexión con la naturaleza se fortalecía; como consecuencia de aquello, su intranquilo espíritu, en ese natural entorno sintió paz.
Siguió cautivado por el encanto de aquel campo pintoresco; cercas blancas resaltaban en contraste con el verde exuberante de los alrededores; y en medio de aquel verdor, los senderos que zigzagueaban entre los árboles parecían invitarlo para que se adentre en ese mundo natural y descubra los secretos que guardaba.
A medida que se internaba por esas veredas, sentía cómo una energía diferente invadía el lugar, llenándolo con cada paso que daba y proporcionando a su ser una sensación de calma y conexión con la tierra.
Los árboles de teca, imponentes y altivos se alzaban como guardianes de los tesoros naturales del campo; sus ramas extendidas ofrecían un refugio seguro bajo el cual Mateo caminaba, sintiéndose protegido y acogido por la suave melodía del viento que acariciaba su rostro con la frescura de sus corrientes, como si la naturaleza misma le extendiera una mano amiga.
El bosque le susurraba secretos al oído, mientras caminaba entre árboles ancianos que parecían testigos mudos de su tumultuoso viaje interior; cada hoja crujiente bajo sus pies era como un eco de sus propias dudas, los rayos de sol del atardecer filtrándose entre las ramas, creaban una danza de luces y sombras que reflejaba la dualidad de sus sentimientos, revelando así, la complejidad de su alma en conflicto
Después de un largo recorrido por la campiña, se encontró en un lugar de ensueño, que parecía sacado de un mundo de fantasía, donde la maravilla y la serenidad se abrazaban en una danza encantadora.
La belleza del paisaje, con sus colores vibrantes, que se fusionaban entre sí y que se desplegaban ante su mirada: era maravillosa, creando cuadros dignos de admiración.
Mientras contemplaba este lugar paradisíaco, que no esperaba encontrar en su inesperado recorrido, las reminiscencias de sus logros pasados afloraron una vez más a su mente; su mente viajó en el tiempo a ese día en que se casó y se comprometió a brindarle un futuro lleno de comodidades y felicidad; para cumplir esa promesa, había emprendido un arduo trayecto en busca del éxito y la prosperidad.
Después de algunos años, las adversidades parecieron conspirar para entorpecer su camino, dejándolo desorientado y desalentado, justo cuando estaba logrando consolidar sus objetivos.
Sus pensamientos regresaron a esos momentos de triunfo, cuando, con valentía, persuadió a personas importantes para que lo apoyaran para alcanzar sus objetivos.
Recordaba: cómo convenció a un empresario, a quien nunca había visto, para que le enviara mercadería en consignación, logrando con ello, llenar el almacén que tenía con su padre y sin necesitar poner capital o garantía alguna de por medio.
Tuvo recuerdos vívidos del apoyo que brindó a un ser querido con recursos limitados, impulsándolo a establecer un negocio próspero, tan solo, con una máquina de coser doméstica; y las evocaciones del día, en el que enfrentando desafíos logró mejorar su situación al intercambiar un objeto de poco valor, por una herramienta que le abrió puertas hacia su primer emprendimiento.
Luego, rememoró momentos difíciles, que lo llevaron a terminar asociaciones comerciales y enfrentar traiciones y adversidades; consecuencia de ello, tener que enfrentar deudas inesperadas, al descubrir, que personas cercanas y a quienes apreciaba en gran manera, hacían negocios a sus espaldas.
También, recordaba cómo a pesar de la situación en la que quedó, no se amilanó; con determinación y pasión salió a ofrecer productos que ni siquiera tenía en su inventario, consiguiendo como resultado de ello, establecer acuerdos comerciales con profesionales destacados y con ello lograr el resurgimiento comercial, superando los obstáculos de ese momento, lo cual le permitió levantar nuevamente su empresa.
Sin embargo, estaba consciente; de que, a pesar de estos recuerdos llenos de batallas ganadas y momentos de éxito en su pasado, ahora los minimizaba, diciéndose:
«¿En qué podían ayudarme en mi presente realidad si no quedaban vestigios o beneficios de ellos, que me sirvieran para apoyar mi situación actual?»
Sentía que pese a haber ganado esas batallas, comenzaba a perder la guerra de la vida.
Nuevamente, afloraron, uno tras otros, una serie de interrogantes acerca de su vida.
«¿Qué le había ocurrido?»
«¿Dónde había quedado su ímpetu de juventud y sus ambiciones de logros?»
«¿Por qué había transcurrido y había permitido pasar su vida sin obtener lo que se había propuesto?»
«¿Cómo aquellos éxitos, que parecían llegar con facilidad en el pasado, se habían desvanecido con el tiempo?»
«¿Cómo había llegado a perder la confianza y el éxito, que antes parecían estar a su alcance?»
Mateo, antes un hombre vibrante y enérgico que superó muchos retos, algunos llevándolo al límite de su resistencia, ahora experimentaba una sensación de desorientación, desazón y angustia; se sentía incapaz de encontrar un camino claro que lo guiara a superar las adversidades actuales y alcanzar sus anhelos más profundos
Reflexionaba, sobre cómo cada mañana se volvía más difícil enfrentar sus adversidades; los recuerdos del pasado se mezclaban con un presente desalentador, creando un cóctel de nostalgia y un fuerte deseo de recuperar la pasión que alguna vez lo impulsó hacia el éxito… ahora, mental, espiritual y económicamente se sentía fracasado.
Todavía, sin respuestas correctas y a pesar de sus actuales preocupaciones, sus logros pasados le recordaban, que su espíritu luchador, aunque debilitado aún vibraba dentro de él.
Mientras continuaba en su ensimismamiento, con cada mirada que daba a su alrededor, buscaba respuestas a su desaliento y también avivar esa pasión por la vida que en algún momento lo definió ganador.
No podía impedir sentir una soledad que lo invadía, haciéndolo dudar de sí mismo y de sus habilidades y se preguntaba si sus metas eran inalcanzables o si algún día encontraría la verdadera satisfacción o era mejor que se resigne a no tener una vida prospera y abundante.
Aunque la noche empezaba a envolver el paisaje con su manto oscuro, Mateo se había habituado al lugar y no se sentía preocupado por la soledad del sitio y sus posibles riesgos.
Mantenía la esperanza, de que, al volver a casa en el intervalo entre el sueño y el despertar en la mañana, él iba a encontrar una respuesta a sus preocupaciones.
Recordó con determinación un proverbio que su madre le había enseñado en su juventud y que lo había acompañado en momentos de incertidumbre:
"Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia; reconócelo en todos tus caminos él allanará tus veredas".
Estas palabras resonaban en su mente, recordándole que incluso en los momentos más oscuros siempre hay una luz al final del túnel; sin embargo, él veía esa luz como un lucero distante en el cielo, que por alguna razón no tenía impacto actualmente en su vida.
Estaba tan concentrado en este torbellino de pensamientos con la mirada fija en el espejo de agua del pequeño lago que engalanaba más el lugar, que no se había percatado que había alguien más.
Al levantar la mirada y recorrer con ella su entorno, se percató que, a unos ciento cincuenta metros de distancia bajo un sauce llorón, cuyas ramas caídas eran como un aura que lo cubría, divisó la figura de un hombre mayor, sentado en una silla plegable, disfrutando tranquilamente de su tiempo con una caña de pescar.
Cuando se acercó al pescador, Mateo, notó las características distintivas del anciano: su semblante arrugado transmitía una sensación de serenidad y sabiduría que lo dejaba perplejo, su barba blanca, meticulosamente cuidada su cabello plateado con suaves ondas le otorgaban un aire cuidado y distinguido, como si fuera un guardián de los secretos del bosque.
—Me llamo Mateo — dijo el joven, buscando romper el silencio que los rodeaba, mientras observaba al anciano con curiosidad.
— Plutarco, un placer conocerte Mateo. — respondió el anciano, con una sonrisa cálida que irradiaba sabiduría —.
— ¿Sabías que tu nombre significa "regalo de Dios"? — añadió, dejando que sus palabras flotaran en el aire, como si insinuara algo más profundo; Mateo, sorprendido, pero intrigado por la reflexión, esbozó una sonrisa y dijo:
—Lo sabía, pero nunca pensé en lo que realmente significa... supongo que aún estoy buscando lo que debo entregar al mundo. —
Sus palabras eran sinceras, casi como una confesión, mientras sus ojos buscaban en los de interlocutor alguna respuesta que el tiempo le había negado.
Mateo quedó impresionado por la profundidad y el color azul intenso de los ojos de Plutarco, que reflejaban el cielo mismo y una serenidad admirable.
—¿Por qué estás pescando a estas horas tan tardías y en un lugar tan apartado? lo normal es hacerlo al amanecer. — expresó Mateo, mostrando su curiosidad.
Plutarco, con una calidez que caló en el alma de Mateo, mientras asentía con la cabeza le compartió la perspectiva de su accionar.
—Aunque este sitio te puede parecer solitario, para mí está lleno de vida y portentos. —
—¿Has observado las maravillas que nos rodean? peces que bailan en el agua, aves que cantan sus melodías, ardillas que saltan entre los árboles... cada criatura tiene su historia y su hogar en este paradisíaco ecosistema natural. —
Mateo escuchó atentamente mientras el anciano compartía su amor por la naturaleza y le explicaba por qué prefería pescar en las últimas horas del día; las palabras del pescador vespertino retumbaron en su corazón, avivando una conexión con el mundo natural, con una intensidad anteriormente olvidada.
Mientras tanto, la oscuridad se adueñaba del paisaje; pero, eso no les preocupaba, estaban desentendidos de la hora y disfrutaban de su amena charla; ambos continuaron conversando, involucrándose en charlas, que prácticamente les hizo olvidar el paso del tiempo.
Hasta que en un momento dado Plutarco preguntó:
—¿Mateo, vives por aquí cerca? Nunca te había visto antes por estos lugares. —
—No, vivo en la ciudad y estoy de paso. — respondió.
El anciano, mirando un momento hacia el cielo, anticipó la llegada de la tormenta y en tono amable extendió una mano amiga, invitándolo a refugiarse en su hogar, al menos por esa noche o hasta que pasara el mal tiempo.
A pesar de lo sensato de la invitación, a Mateo se le generó un torbellino de dudas; los golpes de la vida habían forjado en él, una natural y profunda desconfianza hacia todos; sin embargo, la sinceridad de Plutarco le parecía demasiado buena para ser verdad.
En su mente, no encontraba justificación por la que un extraño, quien recién lo había conocido, lo invitara a dormir en su casa; a pesar de existir un motivo tan válido, como la tormenta que se aproximaba a la zona.
Finalmente, ante la insistencia, argumentos y actitud serena de su nuevo amigo, venciendo sus dudas, aceptó la oferta con gratitud; la cual, después de analizarla, le pareció llena de franqueza y generosidad, reconociendo que dicha propuesta, sería mucho más que un refugio de la tormenta de esa noche; en ese instante, el gesto del anciano sería para él, un recordatorio viviente de que la bondad y la generosidad aún florecen en el mundo.
Como leyendo el pensamiento del visitante, Plutarco le dijo:
—No dudes, a veces en la vida, es esencial, ceder a nuestras decisiones emocionales, en humildad, aceptar ayuda y apoyo en momentos de necesidad; así como el cobijo provisional que se nos ofrece para recobrar fuerzas antes de retomar nuestro camino diario. —
Estas palabras impactantes y la mirada penetrante de Plutarco despertaron su curiosidad y la fascinación por el anciano.
Con gratitud y con un poco más de confianza, se levantó de la hierba donde se había sentado y ayudó al anciano a recoger su equipo de pesca.
Juntos, emprendieron un camino hacia la casa de Plutarco, siguiendo una trocha que se adentraba en la oscuridad de la noche, la guía y la hospitalidad del anciano lo reconfortaban mientras caminaban.
Apenas habían avanzado unos cien metros cuando algo desconcertante capturó su atención: la luz de la luna se posaba sobre una pequeña escalera de piedra en medio del camino, que daba paso a un ancho sendero adoquinado, iluminado tenuemente por lámparas solares.
Quedó estupefacto al ver algo así en medio de la campiña; pero, decidió no decir nada al respecto.
Avanzaron juntos por el sendero, recorriendo otros quinientos metros, hasta alcanzar una curva; al llegar a ese punto, Mateo, no pudo contener su asombro al encontrarse frente a una de las mansiones más imponentes que jamás había visto.
La fachada, era un auténtico deleite para los ojos.
—¡Guau, qué hermosa residencia! — exclamó impresionado por la magnificencia de la casa.
La belleza del lugar lo dejó sin palabras y por un instante, todas sus preocupaciones se desvanecieron, mientras contemplaba la imponente residencia de Plutarco.
Se preguntaba, qué hacía tanta belleza arquitectónica en medio del campo, rodeada de árboles y sin vecinos aparentes en las cercanías.
Las columnas, majestuosamente talladas, flanqueaban la entrada principal, irradiando una sensación de grandeza y sofisticación, que cautivaba la imaginación de Mateo.
También le llamó la atención en el centro de la fachada, una fuente con la figura esculpida de una venus emergiendo del agua, la cual, le añadía un toque de belleza, suntuosidad y elegancia a la casa, al mismo tiempo, producía una sensación de paz y frescura al entorno.
Los jardines circundantes, con su césped minuciosamente podado y las plantas multicolores, que estaban acompañadas de paredes naturales de pequeños cipreses, recortados con precisión en forma de figuras diversas, eran un estallido de color y vida.
La meticulosa atención al detalle era palpable en cada rincón, eso también se podía observar en las amplias y luminosas ventanas, enmarcadas con molduras finamente trabajadas, que realzaban la arquitectura de la casa.
Además de la imponente mansión; también, pudo observar dos casas más pequeñas a los costados de la principal; las cuales, aunque de menor tamaño, mantenían el mismo nivel de lujo y gracia completando la imagen de opulencia.
Dudando entonces acerca del papel de su anfitrión en ese escenario, se preguntaba: «¿Cuál de esas dos pequeñas casas será el hogar del anciano?».
Su asombro se incrementó, cuando un par de personas se acercaron y saludándolos con cortesía; prestos, se ofrecieron a ayudarlos para cargar los equipos de pesca.
Uno de ellos, le dijo a su anfitrión:
—Hola, mi señor… bienvenido; el agua del jacuzzi está preparada, así mismo, cuando usted lo desee podemos servirle la cena, que también, está lista—
—Muchas gracias, Miguel. — respondió Plutarco
—Quiero presentarles a mi acompañante, Mateo; por favor, preparen la habitación de huéspedes y añadan un plato en la mesa de la cena; lo he invitado a pasar la noche con nosotros—
—Mateo, te presento a mi jardinero Miguel y a Elisa, nuestra ama de llaves, quien mantiene todo el orden administrativo de nuestra casa. — continuó Plutarco mientras el joven les extendía la mano en un cordial saludo.
—Mucho gusto, Miguel… mucho gusto, Elisa. — respondió Mateo.
Esta situación le causó gracia y lo desconcertó, no estaba acostumbrado a tanta formalidad y solemnidad en un saludo.
Después de las presentaciones con el personal de Plutarco, continuó contemplando aquella hermosa mansión, que lo había deslumbrado.
La escena que se mostraba frente a sus ojos era como un sueño hecho realidad; no podía creer la opulencia y el lujo que rodeaban al anciano.
A pesar de eso, en medio de aquel despliegue de riqueza, también, sintió una hospitalidad cálida, sencilla y sincera, emanando de aquellos que le daban la bienvenida.
Cuando llegaron a la casa, antes de que comenzara su recorrido, Plutarco le pidió la llave de su automóvil para que Marco, el chofer en conjunto con Antonio, el guardaespaldas, después de haber recibido las indicaciones donde lo había dejado, antes de su caminata por la campiña, lo llevara al garaje de la casa, luego de dar las indicaciones respectivas, Elisa lo invitó a recorrer la casa y se encargó de acompañarlo;
Después de aquello, mientras el invitado iniciaba el recorrido por la casa, el anciano se dedicó a despachar algunas instrucciones al resto del personal y fue a su habitación a cambiarse para la cena.
Al terminar el recorrido, Mateo quedó maravillado ante la distinción y el estilo, que se desplegaban en cada esquina; posteriormente, fue conducido a su habitación en aquella majestuosa mansión; después de que Elisa le abriera la puerta, se le reveló un espacio acogedor y elegante.
La habitación estaba adornada con muebles de madera finamente tallados y una cama king-size cubierta con sábanas de seda suave, mientras, que la luz tenue que emanaba de las lámparas doradas creaba un ambiente cálido y relajante.
Posteriormente, al quedarse a solas, decidió disfrutar de un momento relajante en la ducha; el baño, era un verdadero oasis de tranquilidad, rodeado de azulejos brillantes y una regadera en forma de cascada serpenteante, desde la cual emanaba agua cálida; chorros de agua salían simultáneamente de las paredes, masajeando su cuerpo con una agradable caricia líquida.
Mientras el agua caía sobre su cuerpo, sintió cómo las preocupaciones y tensiones se disolvían, dejando espacio para la paz y la serenidad.
Al finalizar de disfrutar ese delicioso baño con agua caliente, vinieron a su mente las palabras de Terry Pratchett, quien enfrentó varios desafíos, incluida una lucha contra el Alzheimer; pero, a pesar de ello siempre decía:
«“Después de una buena ducha caliente, uno puede olvidar, hasta la guerra”».
Al retornar a la alcoba, encontró un conjunto de ropa recién lavada y planchada dispuesta encima de la cómoda, eran prendas de alta calidad y elegancia; aunque sencillas, estaban perfectas para la ocasión.
Se vistió rápidamente, agradecido por el gesto generoso del anciano, quien le proporcionaba, no solo refugio; sino también, comodidad.
Al terminar de vestirse, se apresuró para reunirse con su anfitrión, quien ya se encontraba en el comedor dando disposiciones a su personal.
La mesa, adornada con esmero, exhibía una fina vajilla y candelabros resplandecientes; durante aquel festín, la atmósfera se impregnó de un aroma delicioso, anunciando la exquisitez de la cena.
Mientras saboreaban aquel delicioso banquete, una sensación de cordialidad los envolvió entre bocado y bocado; sin embargo, hubo un momento de aquella riquísima comida nocturna, que Mateo sumido en sus pensamientos, quedó en silencio por un instante, perdido en reflexiones profundas; su anfitrión, con una mirada serena y reconfortante, decidió acercarse al problema con tacto.
—¿Qué te ha traído a este tranquilo rincón en la campiña? — preguntó, notando las nubes oscuras que parecían llenar la mente de Mateo y reflejarse en su rostro
—Si consideras que puedo apoyarte con algún humilde consejo, puedes confiar en que te seré sincero y a lo mejor con mi opinión; también, de utilidad en la solución de lo que te agobia—.
Sin comprender, del todo y por qué, Mateo sentía una convicción cada vez más fuerte, de que, aquel anciano sabio, podría ofrecerle los consejos y la sabiduría necesarios para encontrar remedio a sus preocupaciones y encaminarlo hacia el éxito.
Pero no dejaba de preguntarse: «¿Qué fuerza misteriosa, lo había llevado a encontrarse con un hombre tan sencillo, a pesar de su entorno de opulencia y fastuosidad?» al hacerlo, una chispa de entendimiento iluminó su mente, haciendo que interpretara, que aquel encuentro no era simplemente obra del azar.
Confiando en sus instintos, decidió abrir su corazón y compartir sus preocupaciones con el anciano, impulsado únicamente por una chispa de esperanza; a pesar de estar envuelto en una maraña de dudas, una pregunta persistía en su cabeza:
«¿Es solo una ilusión o mi desesperación, me hace ver a Plutarco, como una tabla de salvación en el mar de desolación que es mi vida?»